Los “remote miss” y el Covid-19: una advertencia desde la psicología.

En estos últimos días he leído con preocupación como este terrible y nefasto virus ha ido propagándose nuevamente a gran velocidad. No solo en los medios de comunicación, sino también y sobretodo, en mis redes sociales, en donde es cada vez más frecuente y alarmante leer tweets de personas que piden desesperadamente ayuda para tratar a un familiar o para conseguir campo en algún centro de salud. También, desafortunadamente, se ha hecho frecuente leer esos desgarradores posts en donde alguien despide, cargado de dolor e impotencia, a un ser querido que perdió la batalla contra el covid.

Junto a lo anterior ve uno también posts o noticias de gente saliendo sin mascarilla, fotos de reuniones sociales, posts sobre vacaciones en lugares públicos. Hay, me temo, una suerte de sensación de seguridad, de que nos estamos “acercando al fin de la pandemia”. Y digo me temo porque si bien hemos avanzado y las distintas vacunas son sin duda una clarísima razón para ser optimistas, la amenaza de la pandemia sigue allí, colgando como la espada de Damocles encima de nuestras cabezas.

¿Por qué pasa esto? ¿Por qué esa peligrosa sensación de que ya estamos casi fuera del peligro?

Una posible respuesta tiene que ver con un fenómeno que el psiquiatra canadiense J.T MacCurdy describió en su libro The Structure of Morale (1944) y que recientemente popularizó Malcolm Gladwell en su libro David vs Goliath (2013)Según MacCurdy, las personas que experimentan una amenaza importante pero que no llega a concretarse, es decir, una amenaza fallida o lejana, presentan una “adaptación pasiva al peligro” y “una sensación de energía con un toque de invulnerabilidad”. Su conclusión la desprende del análisis que hizo a propósito de las respuestas psicológicas que los ciudadanos de Londres tuvieron ante los terribles ataques nazis a esa ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. Antes de que empezaran los bombardeos, las autoridades inglesas estaban preocupadas no solo por los obvios daños físicos y estructurales que ocasionaría el ataque, sino también por las secuelas psicológicas que acarrearía. Temían una ola de terror y ansiedad en la población, llegando incluso a construir hospitales psiquiátricos temporales a las afueras de la ciudad. Luego de varios bombardeos, sin embargo, el anticipado terror no ocurrió. Por el contrario, mucha gente presentaba conductas opuestas, de mucho coraje.

Intentando dar respuesta al fenómeno, MacCurdy clasificó a la población en tres grupos. Los golpes directos (direct hits), conformado por aquellos que fueron impactados directamente por los bombardeos; los fallos cercanos (near misses), aquellos que fueron impactados por el ataque, incluso heridos, pero que de alguna manera sobrevivieron; y finalmente los fallos lejanos (remote misses), grupo conformado por quienes vieron los ataques de lejos y por lo tanto no sintieron el impacto.

Lo importante de la clasificación de MacCurdy es que la respuesta que estos tres grupos tienen ante la amenaza son muy distintas, sobretodo en el tercer grupo: los “remote misses”. Ellos son los que presentan una “adaptación pasiva al peligro” y esa actitud desafiante como si fuesen invulnerables. En el caso de Londres, lo anterior se entendió como una respuesta positiva, resiliente, ante el cruel ataque nazi que tenía por objetivo, además de causar daño, sembrar el terror. Pero así como esa respuesta protegía a la población de la ansiedad y el miedo, los impulsaba a tomar malas decisiones, a descuidarse e incluso a cometer actos claramente irresponsables, como negarse a evacuar su residencia.

Esta anécdota psicológica me ha saltado a la mente mientras leía con preocupación las noticias que describí al inicio de esta nota. Me pregunté si este efecto de “remote miss” puede explicar la conducta claramente irresponsable que estamos viendo en estos últimos meses de pandemia.

No lo sé con seguridad, desde luego. Pero aún sin saberlo, la historia en si misma puede servirnos de advertencia.

Es bien posible que muchos de los que han visto al Covid “de lejos”, que se han enterado de contagios pero que no han sufrido aún las consecuencias, terminen por pensar, como los londinenses durante el bombardeo, que esta tragedia no les tocará. O peor, que nada les pasará si les llegase a tocar. Yo mismo, debo admitir, he cometido alguna que otra imprudencia, saliendo más de la cuenta o reuniéndome con personas fuera de mi burbuja.

No quiero con este post pararme desde un pedestal moral a señalar con el dedo, porque casi todos tenemos rabo de paja. Lo que quiero, más bien, es señalar lo vulnerables que podemos ser a las malas ideas que, vaya a saber bien por qué, terminamos desarrollando ante eventos traumáticos como este. Pensar que “nada malo nos va a pasar” y subestimar el riesgo de contagio puede ser muy peligroso. Tampoco se trata de generar ansiedad y miedo. Aunque si me ponen a escoger entre la sobre confianza y la preocupación, creo que es más adaptativa la segunda.

Quizá me ayude el hecho de que ya no soy un “remote miss”. El covid me ha llegado cerca, muy cerca. He sentido la muerte de gente que quise y admiré mucho. En mi familia hay gente muy querida luchando aún, por dicha recuperándose. Y son decenas, repito, los conocidos que he visto despedir con dolor a un ser querido.

No nos vendría mal un poco más de precaución y de sana paranoia.

La mejor forma de cuidar a los demás, me parece, es cuidándonos de nosotros mismos.

Esto no ha terminado.


Crédito de la imagen: Philippa Steinberg para el Innovative Genomics Institute.

0 Comments

  1. Beatriz Besada de Casósays:

    Lamentablemente, muy cierto.
    Sucede que el miedo paraliza, y la defensa ante esa amenza, es la negación
    Excelente artículo

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